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Los quinquis regresan
quinquis



El cancionero español ha hecho referencia en cuantiosas ocasiones a ellos. Por ejemplo, el cantautor Ismael Serrano habló de la vida de ‘El Vaquilla’ en su tema Elegía.  “En el barrio guardan luto por tu ausencia”, dice la canción. Y añade: “maldicen el marrón de tu destino (…) te golpeó la vida de la periferia gris”.




Y vaya si les golpeo. Ellos, los quinquis -como los vino a llamar la sociedad-, atemorizaron con sus robos a la población durante los años 70 y 80. Los Chichos sonando en el radiocasette del coche que acababan de robar y de fondo de las sirenas de la Policía. En el mejor de los casos conseguían huir para delinquir otra vez con la llegada de un nuevo día.

De esta forma de vida se hace eco la última exposición de la Casa Encendida: Quinquis de los 80. Cine, prensa y calle. “Por el recorrido de la muestra pululan delincuentes famosos que nacieron, crecieron, triunfaron e, irremediablemente, se hundieron (la mayoría murieron) en la España de finales de los setenta y los ochenta”, explican sus organizadores.

Temidos como El Torete o  El Jaro por sus frecuentes robos, sus actuaciones reabasaron muchas fronteras. La primera, la de la legalidad. Pero no sólo esa. Y esta exposición da cuenta de ello. Cine, música o prensa rindieron pleitesía a los delitos cometidos por los quinquis. Amanda Cuesta, comisaría de la muestra, indica que "la exposición no está basada en el delincuente, sino en el mito que se trenza en torno a su figura", adelanta Amanda Cuesta.

Cultura y culpa
Una de las películas que habló de los quinquis y que más marcó a los espectadores fue Perros Callejeros. A nadie le resultan raras las palabras de El Vaquilla en las que aseguraba conocer gente que comenzó a delinquir tras ver esta película, reflejo de su vida personal. Y es que, a día de hoy, sigue siendo la quinta película más taquillera.

El delincuente nace en la periferia. Barrios de ciudades industriales como La Mina, en Barcelona; San Blas, en Madrid, u Otxarkoaga, en Bilbao, fueron el caldo de cultivo de esta marginalidad. El área metropolitana de Barcelona recibió a más de un millón de inmigrantes entre los años cincuenta y setenta. En los sesenta, se ubicó deprisa y corriendo a los chabolistas en barrios del extrarradio sin servicios básicos: sin alcantarillado, sin escuelas, sin ambulatorios. Allí surgió la delincuencia, la heroína, la marginalidad.

 

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